Nos envía José María Moreno Vega un trabajo presentado al certámen "Diego Bautista Prieto" para su divulgación. También está interesado en cualquier información que los tiojimenat@s tengan de cualquiera de los once jimenatos fallecidos en la Guerra de Cuba: Antonio Gavilán Macho, Andrés Cano Barreno, Antonio Moreno García, Manuel Sarria Barranco, Pedro Soriano Domínguez, Andrés Medinilla Huertas, Melchor Corriente Sánchez, José Fernández, Jacinto Espinosa Oncala , Antonio Vallecillo Sánchez y Salvador Mota Pérez. Afortunadamente, el jimenato del que trata el relato, Francisco Carrasco Coronil logró sobrevivir.
Puedes leer el trabajo pinchando en
UN JIMENATO EN LA BATALLA NAVAL DE SANTIAGO DE CUBA. DESASTRE DE 1898
Francisco se encontraba en el invierno de 1896 trabajando como bracero en la finca Hortijica, ajeno a todos los acontecimientos políticos que traían entre manos nuestros dirigentes de aquella lúgubre época histórica. Al caer la tarde, nuestro protagonista regresa a su casa en calle Sol. Su madre le tiene preparado un baño para desprenderse de la tierra, impregnada en sudor, que trae por todo su cuerpo:
-¡Francisco! El cartero ha traído una carta hoy. Léela, a ver de quién es.
-Madre, es de la junta de reclutamiento, me llaman a filas.
Al día siguiente, se presenta en el Ayuntamiento y el empleado encargado de los quintos le comunica que tiene que presentarse en San Fernando dentro de treinta días para incorporarse a filas. La Patria le llama.
El tiempo pasa muy de prisa para Francisco, desde que sabe que tiene que incorporarse al ejército hasta que llega el día de su marcha. Él no tiene las 1500 pesetas que le libren de hacer el servicio militar, eso es para la clase pudiente. Nunca había salido de Jimena; va a ser traumático desgarrarlo de lo que más quiere: su familia, sus amigos, su pueblo… La pena le embarga; son tres años, como mínimo, de soldado.
Era una mañana fría y gris, amenazaba lluvia, cuando el joven de la calle Sol, junto con otros vecinos, baja las calles empedradas del pueblo y toma el tren en la Estación de Jimena rumbo a su destino. Hacía solo seis años que la línea férrea se había inaugurado en su tramo hasta Algeciras. Se despide de su madre pensando que volvería pronto a verla, pero las circunstancias políticas le iban a separar de sus seres queridos por un largo tiempo. Una vez en el tren, antes de perder de vista el castillo, lanza una mirada atrás para despedirse de su pueblo. Tenía la premonición de que iba a tardar en verlo.
Ya en San Fernando, en el cuartel de San Carlos, y después de las pertinentes pruebas, comienza su periodo de aprendizaje breve para incorporarse a su destino.
Francisco Carrasco Coronil ha sido destinado, como fogonero de segunda, en el crucero acorazado “Infanta Maria Teresa”, buque insignia del Almirante Cervera. Su misión es alimentar con carbón el fogón de las calderas del barco. Los turnos son interminables en las entrañas de la nave, a una temperatura asfixiante.
El marino jimenato desconoce lo que se está cociendo en las altas esferas políticas. El domingo 8 de Agosto de 1897, el Presidente del Gobierno, Canovas del Castillo, es asesinado en el Balneario de Santa Agueda (Guipúzcoa), a manos del anarquista Angiolillo. Al mismo tiempo, España mantenía desde 1895 una guerra con los independentistas cubanos que eran apoyados económica y militarmente por los Estados Unidos. La situación era muy grave y éstos sólo deseaban una excusa para declarar la guerra a nuestro país en su afán expansionista.
El 25 de Enero de 1898, el Presidente de EEUU, Sr. McKinley, envía el acorazado “Maine” a La Habana en gesto de buena voluntad; ya que, ambos países estaban en paz y este tipo de visitas amistosas suavizarían las deterioradas relaciones, según decía este. El 15 de Febrero, a las 21:30 horas, dos terribles explosiones sacudieron la ciudad mientras el “Maine” volaba por los aires envuelto en una gigantesca llamarada. La excusa para declarar la guerra a España estaba servida puesto que acusaban a ésta del sabotaje; era cuestión de días. El 25 de Abril, los Estados Unidos declaraban la guerra.
Mientras tanto, nuestro vecino se encuentra en Cabo Verde donde la escuadra del Almirante se aprovisiona de carbón. El Ministro de Marina envía un telegrama a Cervera para que se dirija a las Antillas con su flota, compuesta por cuatro acorazados y tres destructores. A mediados del mes de Mayo, los marinos españoles consiguen burlar la vigilancia y bloqueo de los yanquis, entrando los buques en la bahía de Santiago de Cuba, donde se sienten seguros bajo la protección de su majestuosa y geográfica naturaleza. Francisco queda admirado del bullicio portuario y de la preparación para la batalla que se avecina. Los barcos necesitan limpiar máquinas y calderas además de repostar mucho más carbón del que hay en Santiago. El entusiasmo del pueblo, por la llegada de los navíos, corre paralelo a las reservas de los responsables militares de esta ciudad; ya que, los barcos llegan menguados: sin víveres, sin armas ni municiones; que tan bien hubieran venido en estos momentos. En estas condiciones, tenían que evitar la confrontación total con el enemigo y reponer las fuerzas de sus barcos con la mayor rapidez, pues Santiago se encontrará pronto en una situación difícil y apurada. Mientras tanto, las batallas en tierra continúan tras la invasión yanqui.
Francisco oye el cañoneo en la costa y su jefe, el Almirante Cervera, espera la orden y el momento oportuno para salir con su escuadra de la encerrona en que se ha convertido el puerto de Santiago. Por fin, llegó la ocasión en la mañana del 3 de Julio .El primero en partir fue el “Infanta Maria Teresa” en el que se encuentra Francisco, que junto con sus compañeros de máquinas tenían todas las calderas encendidas y con presión. Le siguieron sucesivamente el “Vizcaya”, “Colón”, “Oquendo” y otros destructores. La escuadra norteamericana del Almirante Sampson esperaba frente a Santiago con todo su potencial. Uno de los primeros proyectiles lanzados por el enemigo impactó en el “Maria Teresa” y rompió un tubo de vapor que le hizo perder mucha velocidad; otro rompía un tubo de la red contra incendios. El buque se defendía del nutrido y certero fuego del enemigo; el combate arreciaba, los muertos y heridos caían sin cesar .Un incendio producido por la gran lluvia de proyectiles que impactaban en la cubierta, que era de madera, se propagó rápidamente por el buque .Había marinos con brazos y piernas segados por la metralla; la sangre corría por la cubierta del barco mezclada con el olor a cuerpos calcinados. Era imposible penetrar en los callejones de las cámaras a causa del mucho humo y vapor que salía por la escotilla. En las calderas, donde se encuentra nuestro paisano, apenas se podía respirar por el aire abrasador de la atmósfera. El fuego y el humo invadían el “Infanta Maria Teresa” que se había convertido en un auténtico infierno. El Almirante Cervera comprendió que el buque estaba perdido y pensó dónde lo vararía para perder el menor número de vidas. Se dirigió a una playa al oeste de Punta Cabrera donde embarrancó .En tan difícil situación, y habiendo comenzado las explosiones de los depósitos de las baterías, sólo hubo tiempo de ordenar el desalojo del barco; que, en poco tiempo, fue devorado por el fuego. Parte de la tripulación superviviente subió a botes americanos que llegaron en su auxilio. Otros llegaron a la costa a nado, como fue el caso de nuestro protagonista, semidesnudos, con la ropa hecha andrajos. Algunos marinos penetraron en la manigua. Todo se había perdido. Fueron hechos prisioneros y conducidos a barcos norteamericanos, como el “Iowa”, “Gloucestery”, “Harvard”; y los heridos, trasladados al buque hospital “Solace”.
Nuestro joven soldado es enviado con el resto de la tripulación a la base naval de Porstmouth. Allí esperaba pacientemente el día de su liberación, entre pensamientos de rabia contenida hacia los que le habían llevado a esta situación. Deseaba paz interior, olvidar la experiencia vivida. Había tenido mucha suerte; todo lo contrario que le había ocurrido a once paisanos, soldados de Jimena, que habían fallecido defendiendo el honor de nuestra bandera en la Guerra de Cuba, en el periodo comprendido entre 1895-1898, siete de ellos de enfermedades comunes, tres de vomito negro y uno en el campo de batalla.
Francisco regresó a Jimena. Él había salvado su vida pero su madre no había podido soportar el dolor de su ausencia y los peligros de la guerra. Pronto se marchó a Barcelona donde la gran ciudad le engulló para no volver mas a su querida tierra.
José María Moreno Vega
Un jimenato en la Batalla Naval de Santiago de Cuba 1898
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